Mi cuerpo se convierte para mí en cierto sentido, en el centro del mundo. La percepción no crea el mundo naturalmente. El mundo está ahí sin necesitarme para existir. Pero este mundo que percibo lo percibe mi cuerpo; y al percibirlo se llena de sonidos, colores, olores y, sobre todo, significaciones de que carece el mundo físico. Veamos lo que dice un filósofo francés que ha estudiado el tema de la percepción muy a fondo:
«En el momento en que percibo una cosa, experimento que ya estaba allí antes de mí, más allá de mi campo de visión. Un horizonte infinito de cosas disponibles rodea el reducido número de las que yo puedo de hecho percibir. El silbido de la locomotora en la noche, la sala de teatro vacía en que penetro, hacen parecer, como en un relámpago, cosas dispuestas para la percepción, espectáculos de nadie, tinieblas plagadas de seres ... [Pero al mismo tiempo] caigo en la cuenta de que cada cosa, después de todo, tiene necesidad de mí para existir. Cuando, descubro un paisaje oculto hasta entonces detrás de una colina, es solamente entonces cuando llega a ser plenamente paisaje, y no es posible concebir lo que sería una cosa sin la inminencia o la posibilidad de mi mirada sobre ella. Este mundo que tenía todo el aire de existir sin mí, de envolverme y superarme, soy yo quien le hace existir. Yo soy una conciencia, una presencia inmediata en el mundo, y nada puede pretender existir sin estar incluido de alguna manera en el tejido de mi experiencia.»
(M. Merleau-Ponty, Sens et non sens. Paris, Nagel, 1948, pp. 50-51.)